NUESTROS AYERES

Y cuando ya no estés,
cederé mis ojos para aquel
que nunca sabrá verte
como yo te vi.

Te vea,
cuando yo no pueda volver
al abrazo —roto— de mirarte.


Nos han enseñado que recordar es un acto voluntario,

una diligencia urdida al amparo de nuestra conciencia.

Pero hay recuerdos que no se invocan: sangran.

Son algaradas de olores, sombras,

gestos que no pensamos,

solo los albergamos, solo

los acallamos.

 

Recordar no es mirar atrás.

Es ser tocado por lo que aún nos pervive dentro.

La memoria no está hecha de granos.

No se escinde en millones de neuronas,

a la fragua fraudulenta de una cara

La memoria está fundada de presencias.

De personas que ya no están,

de los ocres deshilachados bajo una tarde cualquiera,

de gestos que nadie esgrime igual

tras el pábilo impreciso del tiempo,

de esos gestos que no tuvieron —por más que un silencio—

su despedida.

 

Y, sin embargo, siguen ahí:

volando como una cortina blanca

en el vientre de un salón vacío.

Esas presencias,

esas voces del pasado,

yerran bajo los cúmulos que conforman

nuestra materia.

Flotan sin destino

por las hondas grietas que atestiguan nuestros vacíos.

Son partículas mínimas

que, a veces —solo a veces—,

colisionan con la estrecha luz de nuestra conciencia,

y durante ese breve pulso de tiempo,

nos gritan, salvajes, su exilio.

 

No somos agentes del recuerdo.

No prendemos la mecha de ningún pasado,

no fundimos la argamasa

de los níveos cuerpos que —un día— abrazamos.

Solo somos las habitaciones estériles,

presidios azules

de todo lo que algún día nos moró,

de todo lo que hoy

somos su recuerdo,

en algún lugar.

Sin saberlo.

 

Hoy, somos nosotros

su memoria.