
No sé si puedo hablar de mí sin distorsionarme.
Uno construye relatos, se pone nombres, se acomoda en versiones.
Pero en el fondo —muy en el fondo— solo queda eso que no se deja nombrar.
Lo que resiste al lenguaje, pero lo necesita para existir.
He vivido como si cada cosa pudiera tener sentido si la miraba lo suficiente.
He roto, he huido, he escrito.
Me interesa la herida no por su belleza, sino porque en ella se esconde a veces una forma secreta de verdad.
No soy poeta.
No soy psicólogo.
No soy escritor.
Pero escribo, escucho, me desarmo.
Y en ese deshacimiento, a veces aparece algo.
Un gesto. Una voz.
Una forma de resistir.