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¿Cuánto tiempo puede durar un coche?
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La fragilidad es una forma de belleza. Lo pensaba el sábado por la noche, bajo la plena oscuridad de las luces al dormir.
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Una mirada en clave psicológica al desapego de las emociones: menos dolor, pero también menos vida.
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Los ascéticos no saben reír es una reflexión sobre esas filosofías que, por evitar el dolor, acaban evitando la vida misma
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Trazas de Existencia en su entrega del 28 de Agosto, es una expedición poética a la noche y a su fauna, a sus innombrables.
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Diario literario Trazas de Existencia. Reflexión sobre lo masculino, la identidad y la voz de Los Suaves. Un viaje entre memoria, propósito y la pulsión de construir.
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El sol, la arena, el golpe del agua: en la orilla todo se conjura para recordarme que el cuerpo también escribe su propio verano.
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Entrada del 27 de julio del diario Trazas de existencia. En Gredos, bajo un cielo descosido, la ermita de Chilla guarda un instante de silencio ancho. Entre cencerros, roca viva y una patata frita rugiente, lo efímero se hace vastedad.
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Entrada del 25 de julio del diario Trazas de existencia. Una reflexión íntima donde el cuerpo amado se transforma en una montaña inabordable.
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Este texto es una elegía anticipada, una llamada febril que combina mística y carne, polvo y advertencia. Pocas veces la amenaza y el amor han cohabitado con tanta intensidad en un mismo verbo. Lo que aquí se despliega no es un poema: es una visión. Una visión urgente, hermosa, brutal.
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Este texto celebra lo que apenas se sostiene: la risa leve en mitad del tedio, la luz irreverente de quien no ha sido vencida por los días. Una oda urgente a la alegría ajena
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Este poema traza una frontera entre dos formas de estar: flotar o sumergirse. No ofrece refugio ni paz. Solo un mar espeso, inestable, donde la belleza no basta y el silencio se acorrala a gritos. Una advertencia, un umbral.
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Este texto parte de un intento: fijar una presencia en lo concreto, en lo visible. Pero lo visible no basta. Lo que queda es liviano, etéreo. Un poema que quiso ser haiku y terminó siendo ausencia.
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Hay gestos que podrían haber salvado una historia. Este poema los enumera sin aspavientos, como quien repasa lo obvio cuando ya no importa. No hay que forzar el mar. Solo dejarlo entrar.
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Algunos vínculos no se rompen: se erosionan, noche tras noche, entre cenas tibias y silencios mal masticados. Este poema no grita. Gruñe. Desde una cama que ya no cobija, sino resiste.