Mi padre siempre tuvo coches que bien podrían haber aparecido en la filmografía de Mad Max: oxidados, ruidosos y con más parches que chapa original.
La culpa la tenían dos cosas: un exiguo presupuesto de mantenimiento y, en mayor medida, su inaudita fe en los milagros del Loctite.
Gracias a esa filosofía, sus vehículos estiraron la vida mucho más de lo que cualquier persona razonable consideraría prudente.
A tal extremo llegó la cosa que, en algunas ocasiones, muchos de sus coches, hartos de remiendos o temerosos de algo peor, encontraron una vía de escape, un suicidio inaudito: unos ardían misteriosamente, mientras que otros se desintegraban sin razón, como momias expuestas al sol.
Mi padre siempre ha recitado, solemne: «La necesidad agudiza el ingenio». Cada vez que escucho esa frase me tiemblan las piernas al imaginar que una apendicitis me pilla a su lado. No me extrañaría que, en tales circunstancias y cinco minutos de retraso por parte de la ambulancia, ampliase su horizonte mecánico con mis tripas.
Pese a todo esto, lo verdaderamente legendario de sus coches no era que circularan, sino lo que podían albergar dentro.
Tenía yo por entonces diecinueve años y el carnet recién sacado. En aquellos días no tenía aún vehículo. Mi padre me prestaba, reticente, su Renault 19 para que pudiera ir a jugar al fútbol.
—Nando, ten cuidado con el coche —decía al darme las llaves.
Yo miraba estupefacto aquel artefacto. Un accidente solo podría mejorarlo.
Esa tarde recogí a la mitad de la plantilla. Debía retomar la marcha tras un semáforo cuando me percaté de que el coche ignoraba mi intención de hacerlo. El hijoputa no ofrecía ninguna explicación. Ni luz, ni aguja, ni nada. Solo parecía mostrar la firme convicción de quedarse petrificado en mitad de aquella calle.
Pocas cosas alientan más la testosterona masculina que empujar un coche. Allí estábamos nosotros: cinco tíos en pantalón corto y piernas blancas dispuestos a dejar, de un empujón, aquella chatarra junto a la acera.
Pope, Javi, Rodro y Chino se colocarían atrás, mientras yo, al volante, dirigiría la maniobra. Dos viejos con bastón nos miraban agnósticos desde un banco cercano. La cuenta atrás acabó con la sentencia firme de Rodro:
—Una polla, esto no se mueve ni pa’ atrás.
Los cabrones de los viejos reían, castañeando sus precarias dentaduras.
Revisé el freno de mano, la marcha, incluso alguna piedra que pudiera haber quedado delante de las ruedas… nada. No sabía por qué, pero no habíamos podido mover el coche ni un centímetro.
Antes de un segundo intento me cambié de posición con Pope. El resultado fue igual o más grotesco que el primero.
—Mira la radio —dijo en ese momento Chino.
—¿Y qué cojones tiene que ver la radio? —gritó exasperado Rodro, que siempre tuvo poca paciencia con las hipótesis metafísicas.
Después de varios intentos más, no nos quedó otra que rendirnos. Me dirigí al maletero para sacar los triángulos de emergencia y finiquitar el ridículo de aquellos cinco machirulos aprietacoches. Cuál fue mi sorpresa al abrir el maletero: encontré la explicación a nuestro misterio. Aquel espacio tenía sacos de hormigón suficientes para levantar un maldito estadio de fútbol.
Nunca supe de ninguna obra en casa. Mi padre tampoco refirió razón alguna para llevar detrás una tonelada de hormigón.
Años después, y desaparecido en extrañas circunstancias el Renault, adquirió un Volkswagen Jetta que bien podía haber pertenecido al último rey godo. Una tarde me pidió que lo acompañara para ayudarlo a cargar una puerta. Quedamos a las seis en mi casa. Yo esperaba cuando, pasados cinco minutos de las seis, aquella bestia negra dobló la esquina como un desafío a las leyes más elementales de la física.
Llegó a mi altura y, tras parar en seco, mi padre se inclinó hacia la puerta del acompañante para abrir. Iba a apoyar el pie para tomar asiento cuando el suelo entero se movió como una cinta transportadora. Perdí el equilibrio por un momento, pero tuve los reflejos de agarrarme rápido al quicio del techo y a la puerta. Una vez recuperado el equilibrio y algo de aliento, miré hacia abajo: un océano de pelotas de tenis llenaba todo el piso del coche.
Mi padre, ajeno a todo, buscaba afanado una emisora en la radio. Fui hundiendo el pie por en medio de las pelotas hasta tocar lo que entendía debía ser el suelo. Me senté.
—Papá, ¿y todas estas pelotas?
—¿Qué? —preguntó con franca ignorancia de todo lo anterior.
—Esto, papá, esto —dije señalando aquel océano—. Parece el contenedor de un club de tenis.
—Ah, las pelotas —exclamó mientras se iluminaba su cara con ilusión—. Las pelotas, sí. Me las encontré ayer paseando por detrás de una pista de tenis. Como nadie las recogía, volví a por el coche y las cargué.
—¿Que las cargaste… para qué? —pregunté incrédulo. Mi padre jamás ha jugado a ningún deporte de raqueta, hasta donde yo sabía.
—Me gustan.
No hizo ninguna alusión más. En su lugar solo comentó que debíamos comprar un bote de pegamento para la radio, que estaba empezando a fallar.