Hola, C:
La fragilidad es una forma de belleza.
Lo pensaba el sábado por la noche, bajo la plena oscuridad de las luces al dormir.
Hay algo liberador en esa oscuridad, ¿no te parece?
No lo digo ya porque los demás no puedan vernos, sino porque somos nosotros quienes pierden las propias lindes de su persona.
Me viene a la mente nuestras dos figuras sobre la cama.
Había en tu tono algo profundamente triste, conmovedor, y sabes que no suelo emplear ese adjetivo —siempre me ha parecido, ahora que lo pienso, demasiado literario—.
Pero aquellos recuerdos enterrados que me prometiste algún día contar, aquellos secretos encadenados largamente en ti, fueron al fin arrojados al océano de sábanas y mantas negras que separaban unos centímetros aquellos dos ciegos.
Aquellas palabras, C, me parecieron de una fragilidad heladora, pero sentí también, en ese momento, un pasmo paralizante: el pasmo de la belleza cuando se muestra desnuda.
Y no te lo he preguntado mientras estaba allí, por no interrumpirte, pero me llamó la atención que no estuviera esa pequeña luz que enchufas sobre la mesita de noche, donde cargo el móvil.
Esa luz tenue que tienen las madres cuando una cuna se aposta junto a su cama, y esa otra luz entonces —la del techo— se proyecta con un renovado e impertinente resplandor.
He pensado en esa pequeña lámpara desde entonces.
¿Por qué no estaba, C?
No te lo pregunté, y ahora me vuelve una y otra vez como un acertijo instigador.
Uno suele callar, por educación, las preguntas nimias y las más personales, pero ese acertijo me regresa una y otra vez como un jeroglífico pertinaz que debo resolver.
Estoy seguro de que, si revelara estos pensamientos, te quedarías mirándome con esa expresión flemática que tanto te gusta impostar mientras, por dentro, ríes divertida.
(Me gusta cuando miras con esa cara; te siento más liviana, como si tu cuerpo, por unos instantes, fuese solo el dibujo de un cuerpo sobre el papel).
Sé que lo de esa lucecita te parecerá algo absurdo y seguramente tenga una respuesta de lo más mundana; posiblemente la tuvieras por algún cajón, o dos palmos más allá de donde suele estar, y yo, simplemente, no me percaté o no supe verla.
Supongo que solo es que la eché de menos al volver.
Quizás esa leve melancolía del camino de vuelta entre Cáceres y Jerez esta vez me apretó un poco más, y uno entonces, no solo echa de menos lo grande, sino también lo insignificante.
Como si esos pequeños recuerdos solo fuesen los polizones aferrados al tren de las grandes nostalgias.
Pero, volviendo a aquellas palabras, C, me recordaron un poco al Concierto de Aranjuez, cuando lo escuchamos tumbados desde la alfombra de tu salón.
Nunca te lo he dicho, pero ese segundo movimiento, el Adagio, siempre me ha evocado la resistencia mínima que es la vida.
Esa travesía invocada por el viento desolado de los oboes y que representa, no una travesía, sino todas las travesías humanas: la trashumancia de los que, ciegos y casi rotos, andan, y, ya mudos, solo encadenan un paso tras otro.
Esos momentos en que solo queda eso: caminar.
Pero es ahí, justo ahí, C, en el avatar inesperado de un momento, en la escuálida nota esgrimida en si menor por una guitarra improbable, una guitarra lejana, remotísima, una guitarra mística, que trae desde el horizonte de la pieza un halo mínimo pero imponderable de luz.
Eso me parecieron tus palabras anoche: la luz frágil que nace en plena negrura, la luz para los que caminan sin rumbo y solos, pero que ya no muestra debilidad ni vergüenza, que ya no trae tristeza ni odio.
Tampoco es resistir:
solo trae una belleza desnuda.
La belleza de la escarcha.
Como tus palabras, C:
frágiles,
bellas.