La terrosa orografía almeriense se proyectaba sedienta sobre la luna del coche.
Lo que te puedo decir es que la felicidad que siento a través de la meditación no la encuentro fuera. Al menos con esa persistencia e intensidad.
Supongo que, al final, todo lo externo solo es el estímulo que nos conduce hasta nuestras emociones. Hacia nuestro interior. Respondo mientras me imagino aquel paisaje como una enorme hernia en el cuerpo desnudo del planeta.
He intentado varias veces la práctica del yoga. Diría que tres al menos. Creo que todo el mundo llega al yoga tras plantearse: ahora de verdad ¿esto es todo? Me atrevería a decir que dicho planteamiento sobreviene a la misma edad que las colonoscopias.
La primera vez tuvo lugar en casa. Me puse los vídeos de Ramiro Calle en YouTube y seguí las instrucciones como pude. Ramiro, para quien no lo conozca, es una institución del yoga dentro y fuera de España.
Hace décadas que abrió su centro en Madrid. Con su voz calmada y la apariencia de ese abuelo que te pasa billetes a espaldas de tu madre, encarna la figura del sabio yogui que todos tenemos en nuestro acervo.
Hasta donde sé, las clases de yoga se dividen en tres bloques: respiraciones —Prāṇāyāma—, posturas —Āsanas— y meditación —Dhyāna.
Con los vídeos de Ramiro tenía un problema. Una vez superadas las posturas, seguido el aire hasta doblar la esquina del riñón y rozar las leves estridencias del último vértice del apéndice, llegaba la hora de la meditación.
Tan fanática era mi persecución del Nirvana que siempre sobrepasaba la fina línea de la vigilia. Cuando despertaba, Ramiro había impartido, al menos, seis cursos.
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Pasado el tiempo, y como segundo intento tras el fracaso doméstico, me apunté a un gimnasio donde daban dos clases semanales de yoga. Allí estaba yo, oficializado con mallas, esterilla y, por si acaso, chutado de cafeína hasta los chakras.
La lívida luz blanca del sótano del gimnasio exacerbaba la ballenácea sombra del maestro. Debía medir metro cincuenta y poseer una idiosincrasia propia sobre los Yamas alimenticios.
La clase consistió en una hora de posturas demoniacas donde me temblaban partes desconocidas de mi cuerpo. Para no hacer el ridículo, apoyaba la cabeza —con intención de equilibrarme— sobre las inertes nalgas de la señora que me precedía. Aquella hora constituyó toda mi segunda experiencia.
Mi último intento ocurrió cuando Arancha y yo nos divorciamos. Me atosigaba otra vez la tortuosa pregunta. Por supuesto, seguía sin respuesta. Una lánguida voz se deshacía en el auricular del teléfono: martes y jueves de cinco a seis.
¿Por qué los yoguis deben hablar como si hubieran dormido de jueves a sábado sin interrupción? No lo sé, pero esa llamada constituyó mi tercer intento.
Siempre he sentido en el yoga algo que me tira hacia atrás. Me chirría. Ese símil sobre las emociones como olas que vienen y se van, ante el que uno debe permanecer impávido… Solo se prescribe observar, ajeno, cómo los sentimientos llegan, rompen o se deshacen en un crisol de gotas bajo las que no debes de ninguna manera empaparte.
En ese momento me acuerdo del chino con la cabeza gacha del bazar —que bien podía ser taoísta o de Cuenca— pero seguro que también otea en su interior como las olas vienen y se van ¿Para qué reír? ¿Para qué gritar entonces? No somos nuestras emociones.
Solo el cobro mecánico del siguiente cliente,
solo el acecho soporífero del aire.
Si te interesa la psicología, esta historia tiene un espejo paralelo: puedes leerlo en el siguiente enlace.