
¿Se puede echar de menos a alguien que no conoces?
No a ese alguien cualquiera, sino: su presencia.
Es ahí la grandeza de la noche y sus innombrables. Sus desadaptados. Los que aparecen sin llamarlos ni invocarlos, pero una vez presentes, se convierten en un todo, otra forma de vida, y su presencia ya no es una sórdida figura desdentada, sino un eco de lo que te falta: la inigualable libertad de lo feo, lo precario.
Anoche la velada literaria se nos fue de las manos.
Lo que debería haber sido los abismos poéticos de Pizarnik o la materialización del mundo no tan feliz del pelmazo Huxley descarriló por los avatares y picores tropicales de la papaya acuñados por Elena. Nos lo tuvo que repetir tantas veces para aterrizarlo y nos costó tantas cervezas entenderlo, que terminó por incendiar unas neuronas ya de por sí desforestadas.
Da igual que el club sea de literatura o de barranquismo, las digresiones del fornicio siempre acaban por ser el motor de cualquier conversación que se precie; las amputadas métricas, las matrimoniales mecánicas de sábanas sin arrugar —porque quien arruga, plancha; y quien plancha, no folla—. Vasos comunicantes, ahora que caigo.
Pero a lo que venía. Echo de menos esas huelgas juveniles, no las farras en sí, sino los escenarios: los desérticos arrabales de un parque cualquiera, las horas indeterminadas de la madrugada, aquellas en que la proporción de gente normalizada se inclina peligrosamente hacia ese otro orden social: esa clase innombrada que, al llegar el ocaso, emerge desde las entrañas de la misma noche.
Nadie los ve venir ni acercarse. Nadie los espera ni los conoce. Simplemente aparecen junto a ti, con su mirada perdida y esa extrañeza que solo los intangibles poéticos poseen. La fealdad entonces no es deformidad, sino rebeldía, la absoluta libertad de quien no es esperado, ni alabado, ni premiado.
Sabes tú, lector, si un hijo mata a su padre porque este primero mató a la madre,
¿es atenuante o eximente en un juicio?
Eh, lector —¿lo sabes?—, porque yo pensé: ¿y qué cojones sé yo? Pero sí te puedo asegurar que aquel aparcamiento inhóspito, aquella deshora nocturna, no invitaba a intercambiar opiniones sobre el Código Penal con aquel gordo con aliento a gasoil.
¿Qué dice uno cuando se te presentan así, en la profundidad de la noche, sin más saludo que una pequeña diatriba de derecho penal?
No lo sé, pero sé que, cuando sacas la pata de la realidad, te asalta la sempiterna pregunta: ¿a dónde coño dirijo mi vida? Pero ¿a dónde coño la diriges tú, lector? Apuesto a que solo eres otro, otro tan otro como yo. Seguro que te levantas, meas y te arrastras hasta el trabajo, o la universidad, o lo que mierdas hagas durante tu mañana, tu pasado mañana, y todos los etcéteras por venir del calendario.
Entonces, ¿Quiénes son aquí los miserables? ¿Quiénes los libres? ¿Quiénes los vivos?