
¿Cuándo empezó lo masculino a avergonzarse de sí mismo?
¿En qué momento se desprendió de su médula, como si su verdad fuera un delito?
Volvía del gimnasio, con Mi casa de Los Suaves retumbando en el coche. Esa banda, pilar del rock español, nunca se doblegó al postureo de estos tiempos. Yosi, con su voz tallada en granito, suelta:
Si quieren conocer a un hombre, pregúntenle cómo es su casa.
“Casa” no son cuatro paredes. Es intemperie, el grito de la vida que has forjado con tus tripas, tu maldita obstinación.
Cada vez que escucho esa canción, un dedo invisible me apunta al pecho: ¿Y tú? ¿Qué has construido? ¿Qué pared has izado a tus cuarenta y dos años?
No es solo Yosi. Hace tiempo recojo migajas de algo que siento sin nombrar. Como el recuerdo de un amigo en el supermercado, los viernes, encorvado sobre el carro, consumido. Su mujer decidía, sus hijos reían, y él, un espectro atrapado en su piel.
Lo masculino, para mí, no es dominar ni agredir. No es vaguear mientras otro se devora en silencio. Es la pulsión de construir, de reventarse por algo más grande, más allá de las nimiedades diarias. Pero hoy, esa energía es sospechosa. El hombre que se entrega a un propósito es egoísta, ausente, un estorbo.
Hoy, el hombre debe diluirse. Arrancarse los huevos, girar la cara, abandonar su obsesión hasta licuarse en una rutina de ocho horas y tardes insoportables. Hasta apagarse. Hasta rendirse.
No digo que antes fuera mejor. La sociedad ganó cuando la mujer dio un paso al frente. El mundo es más habitable. Pero al sumar lo femenino hemos restamos la fuerza masculina, la que no pide permiso por arder.
No tengo fórmulas. Hay hombres que prefieren cuidar hijos antes que construir, mujeres que se parten la cara por caminos sin familia. Amén por ellos. Somos demasiados para una verdad única.
La historia enseña: siempre hay quien come y quien se muere de hambre. Siglos de hombres imponiendo su visión, esclavizando a la mujer. Ahora, la mujer hace de su verdad la única.
El poder nunca equilibra. Tiraniza, se mira el ombligo, ignora al otro. Machismo ayer, feminismo hoy.
Entonces:
¿Cómo sumarnos sin restar?
¿Cómo complementarnos sin agredir, sin callar?
¿Cómo sacar lo que llevamos dentro sin encontrar una mirada vacía al llegar a casa?
No hablo por otros. No tengo las malditas respuestas. Solo sé esto: si vives contra lo que eres aunque sea por la buena causa de no hacer daño a los que quieres, la vida nunca tendrá sentido para ti. Y eso, vale para cualquiera.