1 de Agosto

¿Quién corre más rápido: un niño en la orilla o el tiempo?

No son las ocho y Leo ya se ha levantado.

Siempre se despierta el primero y aparece medio dormido por el salón, con esa maraña de pelo rubio y ese cuerpo que ya adivina robustez y un gusto incontenido por el paladar…

Apenas ha preguntado qué vamos a hacer cuando repara de haberse saltado el saludo de buenos días.

—Buenos días, papi, ¿qué vamos a hacer?

Iremos a la playa, Leo —digo con tono entre cansado y afectuoso, adivinando su pequeña algarabía.

Sé que les encantará la idea tanto como a mí me espantará soportar los cuarenta grados de sol y arena sedienta.

Llevo todo el verano esquivando ese plan. A medida que envejezco, la playa me va pesando más.

Recuerdo cuando iba de pequeño con mis padres, mis tíos, mis primos y Javi. Jugábamos a embestir el agua como pequeños caballeros de ultramar.

El reto era llegar lo más lejos posible sin caer. Había que correr con todo el cuerpo, lanzarse sin miedo, sin cálculos, sin lastre.

Saltar las primeras olas con la bravuconería de un ejército y mover tan rápidas las piernas que apenas tocasen el barro del fondo.

En ese momento la veías: una ola alta, cerrada, implacable. Sabías que no la superarías, pero aun así cargabas contra ella como ese cruzado de bañador y crema solar.

Leo me mira expectante, con los ojos bien abiertos.

He pasado una semana fuera, y en un par de días ellos se irán con la abuela a Ávila durante otra semana. Ayer les prometí llevarlos a la playa, y así se lo he recordado.

Él no desaprovecha la ocasión para lanzarme una de sus lisonjeras odas al mejor padre del momento, de medio universo… Sé que ese juicio, como todos los suyos, puede tornar o revolverse en pocos segundos.

Tiene cinco años. Es el mediano, entre Jesús y su mellizo Fernando, a quien aventajó en media hora… que aún hoy sigue madrugándole.

De los tres, Leo es la antítesis de todos. No se parece a mí, ni a sus hermanos, ni a su madre, ni a casi nadie de la familia. Siempre digo que se ha comido media Andalucía.

Es espontáneo, expansivo. Abraza con desmesura, pide como un fraile, come con hambre de posguerra y sabe —siempre sabe— lo que quiere. A veces me pregunto a quién demonios ha salido.

Le fascinan los animales. Se pasaría horas con un cubo de playa y una red, removiendo piedras o persiguiendo cualquier criatura mínimamente despistada.

Cuando encuentra un pez diminuto, lo echa al cubo y se abisma sobre él como si fuese un altar. A partir de entonces le habla y canta como Alejandro Fernández cantaría bajo un balcón en una noche de verano.
Ayer por la tarde discutían los dos —Leo y Fernando— por ver quién se montaba antes en el coche.

Como siempre, aquello derivó en una retahíla de normas talmúdicas, abolengos y disputas absurdas: cuándo uno puede mirar por la ventanilla del otro, por qué se entra por una puerta u otra, quién ha abusado en demasía del turno de palabra…

Y sin embargo, mientras los escuchaba, pensé: algún día echaré de menos todo esto.

Algún día habrá silencio donde tumultan hoy sus debates, sus quejas, sus gestos de caballeros agraviados. Para entonces, se me habrán escurrido de entre los dedos, como tantas otras cosas y personas se me han escurrido ya.

Hoy sigo embistiendo como en aquellas epopeyas infantiles. Corro, salto e intento no dejarme atrapar por el fondo. Pero ya no llevo estandarte, solo un mástil seco. Esa es mi bandera, porque sé que no todas las olas se pueden saltar. No importa. Cuando el mar se cierre, sonreiré y soñaré bravas vuestras piernas.


Fernando Moreno Pereira

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