Un carril. Una cabaña. Dos cervezas. Dos silencios, dentro de un silencio mucho más ancho.
Un número indeterminado de cencerros rompe el silencio ancho, pero no los dos menores, que se hacen más profundos, más abisales.
También hay un sol, una alberca, y unas gafas polarizadas —pero también callan—; callan desde la otredad de una mesa de latas vacías y pipas mutiladas.
¡Y picos! ¡Y un chorizo picante de León! ¡Y unas patatas fritas a sal y vinagre que someten, por un segundo, los cencerros, el silencio grande, los dos pequeños, y todo el murmullo de ocho mil millones de personas, que ahora: son nada!
Solo la sombra sin forma de una insignificante patata frita rugiente.
¡Aquí! ¡Estamos aquí! ¡En Ávila! ¡En la cordillera de Gredos! ¡Bajo unos tiesos pezones de roca viva que desgarran, para nosotros, un mínimo terruño de cielo vivo!
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Y de tanto embargo, me he visto en el recuerdo de lo que aún no ha ocurrido.
Me he visto en la lejanía de este momento, bajo la montaña. He sido la memoria de mí sin haber vivido la huella. Sin ser aún horadado por este valle y por esa ermita sepultada en belleza.
Esa ermita de pardos muros sin mirada. Pero ella no necesita ver. ¡No! ¡Claro que no! Sus ojos son la entrega a todo el valle, a toda esta naturaleza desbordada y suya. ¿Qué ventanas necesita para saberse parte y órgano de todo?
Dime. Dime tú, vieja ermita solitaria: ¿quién eres bajo la piel de tu cítara?
¿Y quién soy yo, bajo esta costra humana? ¿Soy quien vive?
¿O solo soy un recuerdo que se vive?
Tú lo sabes, ermita de Chilla. Ermita que me grita en los silencios de lo eterno. Somos iguales, ¿verdad? Lo sabes igual que yo. Porque solo ocupamos un espacio mínimo ¡pero no somos ese espacio! Somos todo lo que nos rodea desde fuera, todo eso que nos envuelve, ese abrazo salvaje de mundo. ¡Y hemos dejado ya de agarrarnos!
Ya no abrazamos con el cuerpo. ¡Abrazamos con la mirada de todos los recuerdos! Todo nos atraviesa tal como viene y tal como parte. Y somos esa mínima fracción, esa maravillosa aritmética de lo que llega y se va.
Esas existencias atrapadas en la costura de la memoria: ese trocito de cielo azulado, esas latas desocupadas sobre la mesa,
esa otra presencia callada de C, a unos metros de mí,
guardando el instante como quien guarda un fuego,
pero tan recuerdo ya,
tan de mí.
Estoy yo.
Lo efímero.
La vastedad.
El rugido de una patata frita crujiente,
con vinagre,
con sal.