Tan cerca y tan lejos, como suele decirse.
Le miro sin que se note demasiado. Su espalda adquiere rostro de montaña inabordable, de pared vertical, de nieve inhóspita.
Tengo un amigo aficionado a ese mundillo de la escalada. Recuerdo un fin de semana que pasamos juntos, en una escapada que había organizado con sus amigos. Ellos pertenecían a ese grupo de fibrosos dedos y carne mínima.
En un impasse entre actividades, visualizaban vídeos de montañas mientras intercambiaban intempestivas clasificaciones respecto a la dificultad del repecho.
No recuerdo las bases de aquella clasificación, pero sí aquellas escarpadas voces intercambiando por igual puntuaciones e improperios. Era un todos contra todos, y todos opositaban con virulencia la opinión ajena — no sé por qué, pero me parece que esa manera de debatir fue el cénit perdido de nuestra civilización.
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Lustros después me pregunto: ¿qué nota tendría su espalda en esa clasificación?
Tan vertical. Tan carente de asideros. Tan resbaladiza a cualquier intento de abrazo.
Quiero gritar. Quiero decir ecooo en voz alta desde el fondo de este valle abisal, o cantar a voz pelada ¡Qué sabe nadie!, con camisa negra y furia raphaelesca.
Quiero saber si hay una repetición al otro lado.
Quiero saber si en su montaña habita un espíritu,
si hay vida, hogar,
nieve caliente…
Pero callo.
Y en este momento me pregunto por qué, siempre que albergo la duda entre hablar o callar, la moneda muestra la cara del silencio.
¿Qué casuística interior se conjuga para que el resultado sea siempre resulte en mudez? Palabras derramadas, una y otra vez, entre mis labios y el pozo ciego de mi garganta.
¿Será temor a resbalar?
¿A que no haya una respuesta, un eco, una señal?
¿O seré yo la montaña,
el espíritu ermitaño,
la desabrida nieve que habita esta montaña helada?
Qué sé yo.
O, mejor dicho:
Qué sabe nadie.